Rinus Van de Velde, oscuridad y escenografía

05.03.2016 – 05.06.2016, S.M.A.K.

El S.M.A.K. de Gante presenta la primera exposición individual en un museo de Rinus Van de Velde. El artista, que goza en estos momentos de un notable reconocimiento mediático, mantiene en Donogoo Tonka sus dibujos de estilo misterioso y con halo cinematográfico.

En ocasiones es tarea compleja establecer el éxito de un artista (puesto que además tendríamos que definir a qué nos referimos con “éxito”). ¿Cuándo se deja de ser una joven promesa? ¿Cuántas exposiciones son requeridas para consolidarse? ¿O se reduce todo a una cuestión de precios? Sin embargo, a veces ocurre lo inevitable en esta industria: un creador relativamente joven empieza a estar en boca de todos. No sabemos bien por qué pero sus inauguraciones se colapsan y su obra se revaloriza. A la vez se le hace un hueco en los presupuestos de adquisiciones de los museos y así comienza el camino de no retorno que es la institucionalización. Este proceso se hace apabullantemente evidente cuando entra en juego el alcance de los medios generalistas. Y esto es lo que ha pasado recientemente con Rinus Van de Velde (1983, Lovaina) en el panorama artístico belga. Ante el reconocimiento que le ha supuesto el copar portadas y reportajes, una exposición individual en alguno de los grandes museos parecía inminente. Ha sido el S.M.A.K., en Gante, el que ha tenido el ojo de organizarla.

Donogoo Tonka permanecerá abierta hasta el 5 de junio de este año y agrupa nueve obras que, al estilo Van de Velde, bien nos podrían recordar a fotogramas de una película en blanco y negro nunca vista. Rinus vuelve a colarse en su propia obra para ser un personaje más de un relato basado en la novela de Jules Romains Donogoo Tonka ou Les miracles de la science. El libro, escrito a la manera de un falso guion cinematográfico en 1920, cuenta cómo un joven aparca sus ansias suicidas al fijarse como misión la búsqueda de una ciudad ficticia que un famoso geógrafo decía haber descubierto en tierras brasileñas. A partir de aquí Rinus lleva la delirante historia a su terreno para colarse en cada escena y reinterpretarla bajo su código estético.

Un estilo que sigue limitándose al virtuoso uso del carboncillo para crear escenas misteriosas que rememoran la atmósfera del cine noir. Cada uno de sus dibujos está tremendamente trabajado y recoge multitud de elementos con gran detalle aunque, eso sí, dejando a la vez espacio para lo borroso. El resultado es una sensación casi onírica de extrañeza y curiosidad. No sabemos cuánto hay de autobiográfico ni cuánto de ficción en las historias que nos relata.

Y aquí reside el otro gran atractivo de la obra de Van de Velde: la narración literal que él mismo plasma con los textos bajo sus dibujos. En Donogoo Tonka, la narración se desdobla en su personal caligrafía a base de mayúsculas. Por un lado, los textos de los lienzos se basan en el relato de Jules Romains, aunque modificado debido a las peripecias del propio Rinus. Por otro lado, las paredes de la sala se ven recubiertas por escritos donde aparentemente el belga retorna a la realidad y juega a contextualizar su proceso creativo. Así pues, junto a las poderosas imágenes se le presentan al espectador dos relatos, uno literario y otro aparentemente documental. Sin embargo, no nos podemos fiar de la verosimilitud de ninguno de ellos.

Los 9 dibujos recogidos en esta muestra imponen por su tamaño. Con los tres por seis metros de cada uno, deben ser los más grandes que el creador ha ejecutado hasta la fecha. Tras su inicial obsesión con usar fotografías encontradas en las que basar sus creaciones, ahora el artista ha modificado su método de trabajo. En algunos casos prefiere configurar sus propias escenas. Así, construye decorados en los que se fotografía y que luego plasma en sus cuadros. En definitiva, para él el dibujo no pasa por una representación meramente objetiva de lo observado. Cual escenógrafo o director de fotografía de cine, construye él mismo las escenas y luego las transfiere a su peculiar universo pictórico En cada fase parece que el matiz interpretativo se refuerza.

De hecho, el visitante podrá encontrar algunas de las construcciones clave en el proceso creativo (la camioneta, una ola, el barco y una palmera). Un aliciente escultórico que ya venía presentando en sus últimas exposiciones en la galería Tim Van Laere de Amberes. La vista general de la instalación resulta muy atractiva y refuerza la teatralidad de la propuesta, pero en la práctica esta presentación resulta quizá poco cómoda. Debido a las grandes dimensiones de los cuadros se requiere cierta distancia para contemplarlos y en ocasiones las grandes estructuras lo dificultan.

Según declaraciones de Van de Velde al diario De Tijd, parece que continuará experimentando con estas esculturas, o lo que él considera “pintar en 3D”. En cualquier caso, confiesa huir de la pintura porque por el momento no considera tener la suficiente habilidad. Y es que resulta imposible no pensar en la evolución de este artista en la cresta de la ola, y sobre todo en las expectativas que se están creando en la escena artística. Uno podría hasta apreciar cierto paralelismo entre la construcción del personaje público de Rinus Van de Velde y su querencia por la teatralidad y los decorados. Un interés por jugar con lo verdadero y lo impostado que quizá lo que nos quiera recordar es que en la vida todo es un decorado. Esperemos que no tan oscuros como sus dibujos.